Margaret entró en la habitación, y encendió la luz. Se podía ver que era una habitación pequeña con una mesa y una silla. Al lado había una lampara larga. Encima de la mesa estaba la máquina de escribir portátil que usaba su padre para escribir cartas a su madre cuando estaba fuera de viaje en algún reportaje. Además, había unos folios de papel a su lado en blanco y un lápiz. Delante de la mesa había una ventana de madera que daba hacia fuera de la casa. Daba al estanque que había en el jardín.
Se acerco a la silla y se sentó encima. Abrió la caja de la máquina de escribir, cogió un folio de papel que estaba a su lado y la metió dentro poco a poco moviendo la rosca que tenía a su izquierda.
Puso los dedos encima de algunas teclas como si fuera a escribir. Se quedó mirando a la ventana en blanco un minuto y medio. De repente los dedos de las manos empezaron a moverse. No paraban. Cada poco tiempo tenía que dar a la manivela de la máquina de escribir ya que se acababa la línea.
Después cuando llegaba a al fin de la página, dejaba esa hoja en la parte derecha de la mesa y cogía otra de la izquierda y seguía escribiendo. Parecía que estaba poseído, ya que parecía que solo se movía los dedos. En su mente le fluían datos, fechas, ideas, imágenes, hasta alguna película. Con todo eso, la cabeza de Margaret lo juntaba, lo mezclaba y se lo pasaba a sus dedos y estos escribían y escribían.
Dos horas más tarde, paró en seco. Vio que era de noche. Se miró el reloj que tenía en su muñeca y vio que había estado escribiendo durante unas 3 horas. También vio que a su derecha había al menos unas 30 hojas escritas.
Sonrió un poco. Cerró la tapa de la máquina de escribir, se levantó de la silla y se fue de la habitación apagando la luz. Tal como vino, se fue.