Dos hombres estaban delante uno del otro, quietos. No se oía nada. Un poco de viento hizo que un arbusto o también llamado estepicursor rodara de un lado a otro de la calle. Cada hombre tenía la mano derecha cerca de su pistolera. Los dos llevaban sombrero, pantalones vaqueros, y botas de montar. Uno de ellos llevaba un cigarrillo en la boca, pero no lo fumaba por el nerviosismo de la situación. Ninguno de los dos movía un musculo. Estaban esperando a que sonara la campana de la iglesia para la misa de las doce. Por las ventanas de las casas se veía a gente mirando de reojo y hasta algunos desde la puerta del saloon. La disputa fue por una tontería. Uno de ellos salpicó al otro con su vaso de whisky, los dos que estaban ya bebidos, y por la tontería y no quedar mal, se batieron en duelo. Ninguno de los dos eran expertos disparando.
Cada vez se acercaba más la hora final. Todo el mundo estaba a la espera de cual caía al suelo muerto, pero ¿quién sería? ¿El hombre de la camisa roja, o el de la camisa negra y blanca?
La suerte estaba echada. A uno de ellos le empezó a caerle una gota de sudor por la frente y después por la nariz. Le empezó a picar un poco, pero no podía moverse por su orgullo. Al otro le empezó a darle un espasmo en el ojo por el nerviosismo y tampoco se movió un milímetro.
Si se movían, el contrincante podría entender que fuera a desenfundar y disparar y eso era malo.
La campana de la iglesia empezó a sonar, pero ninguno de los dos se movió. Los dos pensaban que porque el otro no había desenfundado ya. Pasó un minuto y ninguno de los dos hicieron un movimiento para disparar.
En ese preciso momento se oyeron dos disparos y los dos hombres cayeron al suelo sin haber desenfundado. Nadie lo entendía, hasta que un tercer hombre apareció por una callejuela. Estaba sujetando una pistola, una en una mano. Era James Robinson, el matón y fugitivo del condado. Gritando dijo mirando a todas partes del pueblo... "Ya era hora, me estaba cansado de verlos ahí quietos y sin disparar. No eran pistoleros, solo se lo creían, así que no merecían vivir".
Después de eso, se subió a un caballo y se fue galopando fuera de la ciudad. La gente empezó a salir poco a poco para ver a los que se batían en duelo en el suelo tumbados.